Cae un capo, pero no la violencia
La reciente caída de Nemesio Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, fue presentada como uno de los golpes más importantes al crimen organizado en México....
La reciente caída de Nemesio Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, fue presentada como uno de los golpes más importantes al crimen organizado en México. Durante años fue considerado uno de los narcotraficantes más poderosos y violentos del país, con una recompensa millonaria por información que permitiera su captura (AP, 2026). Su figura no representaba solo a un jefe criminal, sino una estructura de control territorial, extorsión y terror.
Su muerte marca un punto simbólico: el derrumbe de un hombre que encarnó la impunidad y se convirtió en uno de los rostros más visibles de la violencia contemporánea en México. Sin embargo, su caída no ocurrió en silencio: quema de vehículos, bloqueos carreteros y escenas de pánico mostraron que estas organizaciones no dependen de un solo hombre, sino de redes armadas que siguen operando. La noticia no llegó con tranquilidad, sino con humo, miedo y calles cerradas.
Ahí es donde la narrativa del “logro” empieza a resquebrajarse. ¿Puede llamarse victoria a un operativo que deja ciudades paralizadas y población civil atrapada entre el fuego cruzado? El mensaje es claro: se golpeó a la cabeza, pero el cuerpo del monstruo sigue en movimiento. La violencia como respuesta exhibe la fuerza residual del cártel y demuestra que la seguridad cotidiana de la gente sigue siendo frágil. Aunque el Estado puede actuar, la violencia organizada todavía tiene capacidad de imponer miedo. Un logro parcial, sí; una solución definitiva, no. Mientras la respuesta siga siendo el caos en las calles, la victoria se vuelve incompleta.
Porque la historia no se queda en un capo caído. En Jalisco, las calles llevan años hablando de otra tragedia: la de los desaparecidos. Muros cubiertos de fotografías y postes con nombres. No son propaganda ni estadísticas: son intentos por no dejar que alguien sea borrado del todo.
México atraviesa una crisis humanitaria silenciosa. Más de 130 mil personas permanecen desaparecidas en el país (Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas, 2025). Jalisco encabeza esa lista desde hace años. Cada número es una ausencia en la mesa y una madre que aprende a buscar entre fosas. Madres buscadoras que han tenido que salir con palas y picos para encontrar lo que el Estado no pudo: los restos de sus propios hijos.
La caída de un hombre no devuelve a quienes faltan. No limpia las calles llenas de fichas de búsqueda ni repara el miedo cotidiano de quienes saben que la violencia no es noticia lejana, sino rutina. Mientras se anuncia un golpe al crimen organizado, hay familias que siguen caminando con carpetas bajo el brazo y preguntando nombres.
Decir todo esto no es negar el mérito del operativo. Sería injusto hacerlo. Detrás de esta caída hay trabajo de inteligencia y riesgo real asumido por las fuerzas armadas del Estado mexicano. Hay soldados y agentes que han muerto enfrentando a grupos que operan como ejércitos irregulares. Reconocer ese esfuerzo no es propaganda: es memoria. Exigir paz y seguridad no es traicionar a las instituciones, es honrar a quienes murieron intentando construirlas. Porque lo verdaderamente urgente no es solo que caiga un capo, sino que no sigan cayendo más: ni militares, ni civiles, ni familias enteras atrapadas entre el fuego y el abandono.
La contradicción es brutal. Mientras se alistan gradas y estadios, hay familias que siguen buscando restos y nombres. No se puede maquillar un país que todavía no ha hecho justicia con sus ausencias.
No hay Mundial, ni goles, ni estadios llenos que disuelvan el dolor de quienes solo hallan los huesos de sus desaparecidos… o a veces ni eso. La verdadera victoria no será que suene un himno en un estadio, sino que deje de sonar el silencio en las casas donde falta alguien. Porque un país no se mide por los eventos que organiza, sino por las vidas que logra proteger.
Ingrid Trejo Juárez Colaboradora de Integridad Ciudadana, estudiante de Relaciones Internacionales por la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla. @ingriddtrejoo @Integridad\_AC
