La arrogancia de exigir suicidio político y acusar traición
Hay reformas que nacen con vocación de triunfo. Y hay otras que nacen para ser derrotadas, pero para servir políticamente en la derrota. A mi juicio, eso fue exactamente lo que ocurrió con la reforma...
Hay reformas que nacen con vocación de triunfo. Y hay otras que nacen para ser derrotadas, pero para servir políticamente en la derrota. A mi juicio, eso fue exactamente lo que ocurrió con la reforma electoral impulsada por Claudia Sheinbaum: una iniciativa que llegó al pleno sin condiciones reales de prosperar, rechazada en la Cámara de Diputados con 259 votos a favor, 234 en contra y una abstención, muy lejos de la mayoría calificada que requería. Más que un tropiezo inesperado, pareció el desenlace lógico de un proyecto que nunca construyó el consenso indispensable ni dentro de su propia coalición.
Por eso no compro la narrativa oficial de la “traición” del PT y del PVEM. No, no hubo traición. Lo que hubo fue instinto de conservación. Y cualquier analista serio tendría que admitirlo. ¿Qué esperaban? ¿Que dos partidos aliados votaran felices una reforma que reducía su margen de representación, debilitaba sus incentivos políticos y estrechaba su viabilidad futura, solo para demostrar obediencia? Eso no es lealtad; eso es subordinación. Y los aliados no están hechos para inmolarse en honor del socio dominante.
Lo más revelador de este episodio no fue la votación, sino la mentalidad que la hizo posible. Desde el poder se quiso imponer la idea de que acompañar a la Presidenta era una obligación moral, aun cuando el contenido de la reforma afectara directamente a quienes integran su bloque. Es decir: se les pidió que entregaran parte de su propio corazón político para alimentar un proyecto que no los fortalecía a ellos, sino al partido hegemónico de la coalición. Y cuando se negaron, vino el coro de los aplaudidores a llamarlos desleales.
Pero aquí conviene decir una verdad incómoda: la política de coalición no funciona así. PT y PVEM son aliados de Morena, no sus sucursales. Tienen estructura, territorio, intereses y cálculo propio. No existen para aplaudir, sino para sobrevivir, crecer y negociar. En democracia, un aliado no está obligado a suicidarse para probar cariño político. Al contrario: cuando una reforma amenaza con encoger a quienes te acompañan, el error original no está en el voto en contra, sino en haber exigido ese voto.
A mí me parece que esta reforma nació muerta porque desde el inicio llevaba una contradicción fatal: pedía disciplina absoluta a partidos que tenían razones objetivas para rechazarla. Y si a eso se suma la falta de operación política eficaz, la conclusión es todavía más dura. Porque una de dos: o no entendieron el tamaño de la resistencia que tenían enfrente, lo cual sería una muestra grave de desconexión, o sí lo entendieron y aun así avanzaron, sabiendo que la derrota les permitiría construir después una narrativa de “nosotros quisimos democratizar y nuestros aliados nos fallaron”. En cualquiera de los dos casos, el resultado es políticamente pobre.
También hay que decirlo sin rodeos: fuera del círculo guinda más complaciente, muchísima gente vio en esa reforma una tentativa clarísima de consolidar un nuevo partido de Estado. No había demasiado maquillaje posible. Cuando una propuesta altera reglas de representación de forma que los partidos más pequeños se sienten amenazados, cuando el socio principal pretende que todos se alineen “porque sí”, y cuando además se presenta sin el trabajo político suficiente para construir acuerdos reales, lo que aparece no es una reforma de Estado, sino una reforma para reforzar la centralidad del poder.
Y entonces llegamos al punto medular: ¿quién traicionó a quién? Porque, visto con honestidad, la pregunta correcta no es por qué PT y PVEM no aceptaron morir políticamente por Morena. La pregunta correcta es por qué Morena creyó legítimo pedirles ese sacrificio. ¿No hay ahí una forma de deslealtad más profunda? ¿No es traicionar a tus aliados exigirles que voten algo que los debilita estructuralmente y luego acusarlos de falta de compromiso cuando se niegan? Eso no es alianza; eso es chantaje emocional con lenguaje de movimiento.
En San Luis Potosí, por ejemplo, esta discusión se entiende perfectamente. En la elección al Senado de 2024, el PVEM obtuvo 524,950 votos frente a 272,417 de Morena. No fue una diferencia marginal ni simbólica: el Verde sacó casi el doble. Ese solo dato basta para desmontar la fantasía de que todos los aliados viven a la sombra de Morena o dependen enteramente de su fuerza. Hay estados donde las estructuras aliadas no solo compiten, sino que pesan más que el propio partido oficial. Pretender que se plieguen sin chistar a una reforma que los disminuye no es estrategia; es soberbia.
Por eso insisto: no fue una jornada de traiciones, sino una jornada de realismo. PT y PVEM hicieron lo que cualquier fuerza con sentido de supervivencia habría hecho. Defendieron su espacio. Defendieron su existencia. Defendieron su capacidad de seguir siendo actores y no simples accesorios. Y eso, aunque incomode a los devotos del aplauso automático, es perfectamente legítimo.
La lección de fondo es brutal para el oficialismo: una coalición puede funcionar mientras haya beneficios compartidos, respeto mutuo y objetivos comunes. Pero se rompe —o por lo menos se fisura— cuando uno de sus integrantes intenta comportarse como dueño absoluto del destino de los demás. Lo ocurrido con la reforma electoral no exhibe la traición de los aliados. Exhibe el límite de la arrogancia del partido dominante.
Por: Víctor Hugo Martínez
