México joven frente al avance de la ultraderecha
Ser joven en América Latina y volverse conservador para nada es neutral: es una anomalía histórica. Somos una región marcada por dictaduras, desigualdad y represión, y aun así resurgen proyectos...
Ser joven en América Latina y volverse conservador para nada es neutral: es una anomalía histórica. Somos una región marcada por dictaduras, desigualdad y represión, y aun así resurgen proyectos políticos que prometen orden, moral y obediencia como si no supiéramos ya lo que eso cuesta. El auge de la ultraderecha no aparece en un vacío: se instala sobre una memoria que algunos quieren olvidar.
México no es excepción. Según el INEGI (2025), alrededor de 30.4 millones de personas tienen entre 15 y 29 años, casi una cuarta parte de la población total, y la ONU (2026) estima que la edad mediana ronda los 29.6 años. Que en este contexto comiencen a ganar visibilidad discursos que miran al pasado como modelo político no es un detalle electoral: es una disputa directa por la formación de una generación.
En el proceso de reconfiguración partidista, sólo unas pocas organizaciones podrán lograr registro oficial según el INE (2024–2025). Entre las que ya llaman la atención están México Republicano, el Movimiento Viva México y la plataforma de Eduardo Verástegui, reflejando un fenómeno más amplio: la expansión de una derecha ultraconservadora que mezcla política, moral religiosa y referencias ideológicas importadas, con respaldo simbólico frecuente incluso al gobierno de Israel.
El avance de la ultraderecha no se limita a partidos. También se expresa en ideas que buscan imponer un orden moral rígido: discursos antiaborto, rechazo a la diversidad sexual, exaltación de la familia “tradicional” y la influencia de líderes vinculados a la derecha estadounidense o iglesias evangélicas. Movimientos como “Wife Trad” o tendencias que promueven la subordinación de la mujer, que circulan en redes sociales y se normalizan, muestran que la ultraderecha se infiltra incluso antes de aparecer en las urnas.
México tiene una historia que debería enseñarnos a no normalizar discursos de obediencia. Dictaduras y represión dejaron marcas profundas en nuestras instituciones y memoria colectiva. Según la CIDH (2023), las secuelas de autoritarismos pasados aún afectan nuestra capacidad de garantizar derechos y libertades. Hoy, proyectos que prometen “orden” y moral representan un riesgo concreto para la democracia y la pluralidad.
A esto se suma la juventud mexicana. Si se permite que proyectos ultraconservadores ocupen espacio público sin cuestionamiento, lo que hoy se considera debate político mañana se volverá sentido común: obedecer antes que pensar, callar antes que exigir, someterse antes que cuestionar. No podemos olvidar a quienes lucharon para que hoy tengamos derechos básicos —como votar, expresarnos y decidir sobre nuestra vida— y permitir que los discursos de ultraderecha nos hagan retroceder. Caer en eso, después de todo lo vivido en América Latina, sería un error histórico.
Ser joven y no ser revolucionario —no en el sentido romántico, sino en el ético— es una contradicción política. La historia demuestra que cuando las nuevas generaciones renuncian a cuestionar, otros deciden por ellas qué es normal. Hoy, en México y Latinoamérica, tenemos la oportunidad de leer la historia, reconocer las amenazas y actuar: la indiferencia es complicidad. La ultraderecha no es una teoría abstracta; es un riesgo real para los derechos y la memoria de lo que hemos vivido.
Si dejamos que la historia se repita, no estaremos fallando solo a nosotros mismos, sino a todos los que lucharon para que vivamos en libertad.
Ingrid Trejo Juárez Colaboradora de Integridad Ciudadana, estudiante de Relaciones Internacionales por la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla. @ingriddtrejoo @Integridad\_AC
