Las promesas incumplidas de la pandemia
Durante los meses más duros de la pandemia muchos pensamos que el mundo cambiaría. Se repetía con frecuencia que, después del COVID-19, la humanidad sería más solidaria, más consciente de la...
Durante los meses más duros de la pandemia muchos pensamos que el mundo cambiaría. Se repetía con frecuencia que, después del COVID-19, la humanidad sería más solidaria, más consciente de la fragilidad compartida y más respetuosa del otro.
La experiencia de una crisis global -se decía- nos enseñaría a cuidar la vida colectiva. Sin embargo, a varios años de distancia, la realidad cotidiana parece contradecir esa esperanza. Las calles, los espacios públicos e incluso las redes sociales muestran una sociedad más crispada, menos paciente y por si fuera poco, una alarmante normalización de la agresividad.
Basta observar prácticas ordinarias para notar que algo no funciona. Personas que salen a trabajar o a convivir aun estando enfermas, sin considerar el riesgo que representan para otros; transporte público donde la cortesía mínima ha desaparecido; discusiones cotidianas que escalan con facilidad hacia el insulto o la descalificación. Aquella ética del cuidado mutuo que se invocó durante la emergencia sanitaria se diluyó rápidamente. Lo que quedó, en muchos casos, fue una sociedad que parece moverse entre el cansancio, la desconfianza junto con irritación permanente.
Este fenómeno no es únicamente un problema de educación cívica, tiene raíces más profundas. Byung Chul Han ha señalado que la sociedad contemporánea vive bajo una lógica de hipercompetencia donde cada individuo se convierte en empresario de sí mismo. Bajo esa lógica, el otro deja de ser un compañero de la comunidad para convertirse en rival o estorbo.
La pandemia no transformó esa lógica; más bien la intensificó. Después de la crisis sanitaria llegó una crisis económica, laboral y emocional que exacerbó el individualismo y redujo los espacios de solidaridad real.
Subrayo que, una sociedad donde los vínculos se vuelven frágiles y las relaciones humanas se consumen con la misma rapidez que los productos del mercado: está destinada al fracaso. Cuando las comunidades se debilitan y las instituciones pierden credibilidad, las personas quedan atrapadas en una carrera de supervivencia individual. En ese escenario, la empatía se vuelve un lujo moral y la convivencia cotidiana se vuelve más áspera.
Pero también hay un elemento cultural que no debemos ignorar. La pandemia dejó una profunda fatiga social. Durante años se nos pidió distancia, cautela, sumado a disciplina sanitaria. Muchas personas reaccionaron después con una especie de rebote psicológico: una negación del cuidado colectivo y una vuelta abrupta a la vida individual (muy individual). El problema es que, al abandonar las reglas básicas de convivencia, desde la higiene pública hasta la cortesía cotidiana, también abandonamos la idea de comunidad.
La pregunta entonces es incómoda, ¿cómo podemos afirmar que vamos por buen camino si cada vez vivimos depredando unos a otros?
Quizá la lección pendiente de la pandemia no sea médica sino ética. Aprender a vivir con otros implica algo más que sobrevivir a una crisis sanitaria. Significa reconocer que nuestras acciones cotidianas, como salir enfermos, ignorar el bienestar del otro, responder con agresividad, tiene consecuencias sobre la comunidad. La solidaridad no surge automáticamente de las tragedias; requiere práctica, y voluntad.
Tal vez no nos volvimos más solidarios después del COVID-19. Pero eso no significa que estemos condenados a la indiferencia. Significa más bien, que la tarea sigue pendiente.
Dr. Magdiel Gómez Muñiz Colaborador de Integridad Ciudadana, Profesor Investigador de la Universidad de Guadalajara @magdielgmg @Integridad_AC
